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Berta lo sabe todo. Impone sobre las cosas una lógica aplastante capaz de descolocar a cualquier adulto. Es guapa como una mujer y seduce, rotunda y maliciosa, con un sí y con un no. Berta es valiente, casi temeraria. Hace equilibrios sobre una tapia, se sube a los árboles más altos para ver el mundo desde arriba. A Berta le gustan las muñecas y el maquillaje, las trenzas de colores y los dibujos de su madre. Le gusta bailar, se mueve simpática y de algún sitio ha aprendido a decir “charlestón”. Escucha cantar a Marc como una enamorada. En sus canciones ella quiere ser la única protagonista y más vale que así sea, porque Berta es una rubia peligrosa.

Bruno quiere, según el día, ser piloto o astronauta. Le gustan las cosas que hacen ruido de motor y las que suben veloces o caen de golpe, estrepitosas. Pero Bruno no es intrépido; se agarra a la mano de su hermana melliza para que le impida salir disparado surcando el cielo, como un cohete. Todo lo que le gusta, le da miedo. Tiene el encanto del seductor nato y un nervio en el ceño que a veces asusta. Bruno camina muy recto pero mira al suelo, como un pequeño príncipe en el exilio. Puede resultar dulcísimo y angelical, como si asumiera tranquilo las magulladuras y los moratones que le quedan por recibir, pero en combustión, aparece ese aristócrata arrogante y algo tirano, como todos los niños, que merece ser el centro del universo, el astro alrededor del cual giran, imperturbables, todos los planetas, Los Armisén, toda la galaxia.