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Marc nunca se está quieto. Va y viene de un Armisén a otro, a veces aturdido, otras veces fascinado. Él es quien se ocupa del fuego en las barbacoas, quien elige el vino para sus amigos. Es un eterno gamberro y socarrón al que siempre descubren cuando rompe un cristal. La niñez todavía da brillo a sus ojos de puma y el tímido gesto bravucón no engaña; Marc, cuando canta, es demasiado torpe como para guardar un as en la manga; envuelto en música es sincero, transparente. Su voz se filtra por algún metálico conducto antes de salir al exterior, suena muy cercana pero proviene de alguna personal profundidad. En su camino sortea cables y todo tipo de cachivaches electrónicos. De la mano de Eva, pasa por la vida como por una calle en fiesta mayor, mirando a los balcones, al cielo cubierto de banderolas de colores.